Una reciente investigación conjunta de la UNAM y el INAH utiliza técnicas de arqueomagnetismo en murales prehispánicos para demostrar que los incendios en la antigua ciudad ocurrieron de forma paulatina y durante periodos en los que aún estaba habitada

Un estudio arqueomagnético realizado en murales de Teotihuacan ha transformado la comprensión tradicional sobre el colapso de la emblemática zona arqueológica. Lejos de un único incendio destructivo por invasión o abandono repentino, la ciencia revela la existencia de diversos ciclos de quema a lo largo de los siglos. Esta fascinante investigación abre una nueva ventana hacia la evolución y el estilo de vida de una de las civilizaciones más enigmáticas de Mesoamérica.
Una reciente investigación llevada a cabo por el Servicio Arqueomagnético Nacional (SAN) de la UNAM y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha arrojado luz sobre los misterios de Teotihuacan. Mediante el análisis de 43 muestras de pigmentos rojos y estucos procedentes de enclaves emblemáticos como el Palacio de Quetzalpapalotl, el Edificio 3 y el Altar 3 en la Calzada de los Muertos, los expertos han demostrado que las señales de fuego en los edificios no responden a un único evento catastrófico o de colapso repentino. El uso innovador del arqueomagnetismo —una técnica que estudia cómo los minerales ricos en óxidos de hierro registran el campo geomagnético— ha permitido certificar que existieron diversos ciclos de quema en momentos en los que la urbe se encontraba habitada con absoluta normalidad.
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Hasta la fecha, la teoría tradicional sostenía que los incendios visibles en las estructuras respondían a invasiones, colapsos sociales o al abandono definitivo de la zona. Sin embargo, el examen detallado de las capas pictóricas desmintió esta linealidad al descubrirse, incluso, la presencia de pintura mural aplicada directamente sobre muros previamente quemados. Los resultados de este trabajo, publicado en el Journal of Archaeological Science Reports, sitúan estos intervalos cronológicos en dos grandes horquillas temporales: la primera entre los años 300 y 400 d.C., y la segunda entre el 550 y 650 d.C., vinculada esta última de forma más estrecha con el declive de la ciudad.
Este avance científico no solo reescribe fragmentos clave de la cronología mesoamericana, sino que resalta la importancia de continuar explorando las profundidades de un sitio monumental cuyos secretos apenas comienzan a desvelarse en la superficie. Tal como señalan los expertos involucrados, la combinación de métodos punteros como el arqueomagnetismo y el radiocarbono es fundamental para afinar los fechamientos de estructuras tan icónicas como las pirámides del Sol y de la Luna. Desde una perspectiva de bienestar y conexión con el legado de nuestros ancestros, comprender la historia de estos espacios sagrados nos invita a valorar la resiliencia y la profunda evolución espiritual y material de las antiguas culturas que nos precedieron.
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